Había una vez, en un pequeño pueblo de Italia, un carpintero llamado Geppetto. Era un hombre mayor, de corazón enorme, que vivía solo en su humilde taller rodeado de virutas de madera, serruchos y herramientas gastadas por los años. Un día, llegó a sus manos un trozo de pino muy especial, que parecía tener brillo propio.
Mientras Geppetto lo tallaba con cuidado para hacer un títere, escuchó una vocecita finita que salía de la madera: "¡Ay! ¡Tené cuidado que me hacés cosquillas!". El carpintero no podía creer lo que oía, pero siguió trabajando con más cariño que nunca. Le dio forma a las piernas, los brazos y una carita con una nariz pequeña.
Apenas le talló los pies, el muñeco —al que llamó Pinocho— saltó de la mesa de trabajo y empezó a correr por todo el taller. Geppetto estaba feliz; finalmente tenía un hijo que llenaba de vida su casa silenciosa. En un rincón, un pequeño Pepe Grillo lo observaba en silencio, advirtiéndole que ser un niño de verdad requería ser bueno y obediente.
Como cualquier padre, Geppetto quería lo mejor para él, así que vendió su único abrigo en pleno invierno para comprarle un abecedario nuevo. "Ahora vas a ir a la escuela", le dijo Geppetto mientras lo despedía. Pinocho salió muy convencido, pero en el camino escuchó una música alegre que venía de un Teatro de Títeres.
Sin pensar en el sacrificio de su padre, vendió su abecedario para comprar una entrada. Allí, el dueño del teatro se sorprendió al ver a un muñeco que se movía sin hilos. Después de muchos líos, Pinocho logró escapar con unas monedas de oro, pero pronto se cruzó con dos personajes de cuidado: el Zorro y el Gato.
Estos dos lo convencieron de enterrar su dinero en el "Campo de los Milagros", asegurándole que crecería un árbol lleno de monedas. Pinocho, que era muy inocente, les hizo caso. Por supuesto, el Zorro y el Gato le robaron todo apenas se dio vuelta. Solo y arrepentido en el bosque, apareció el Hada Azul para preguntarle qué había pasado.
Pinocho, por vergüenza, empezó a inventar una mentira tras otra. Y ahí ocurrió el hechizo: con cada mentira, su nariz de madera empezó a crecer y crecer, hasta que fue tan larga que no podía ni moverse. "Las mentiras, Pinocho, tienen las piernas cortas y la nariz larga", le dijo el Hada con ternura.
Pinocho lloró y prometió decir siempre la verdad; solo entonces su nariz volvió a su tamaño normal. Sin embargo, su voluntad todavía era floja y se dejó convencer por otros chicos para ir al País de los Juguetes, un lugar donde no había obligaciones. Pepe Grillo apareció una vez más para avisarle del peligro, pero Pinocho no escuchó.
Cuando a Pinocho le empezaron a crecer orejas de burro por no estudiar, se dio cuenta de su error y escapó hacia el mar. Allí se enteró de que Geppetto, buscándolo desesperado, había sido tragado por una ballena gigante. Sin dudarlo, Pinocho se tiró al agua y terminó también en la panza del enorme animal.
Allí, en la oscuridad, se reencontró con su padre. Pinocho, demostrando verdadera valentía, ideó un plan: prendieron un fuego para que el humo hiciera estornudar a la ballena. ¡ACHÍS! El estornudo los lanzó de vuelta a la playa. Pinocho cuidó de Geppetto y empezó a trabajar y a estudiar en serio para ayudarlo.
Una noche, el Hada Azul lo visitó en sus sueños para premiar su gran cambio. Al despertar, Pinocho ya no sentía la madera fría. Se miró en el espejo y vio a un nene de carne y hueso, con ojos brillantes. Finalmente, por su buen corazón, Pinocho había dejado de ser un títere para convertirse en un niño de verdad.
