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Aladino y la Lámpara Maravillosa

Aladino y la Lámpara Maravillosa

por Antoine Galland

Hace mucho tiempo, en una de las ciudades más ricas de Oriente, vivía un joven llamado Aladino. Era un muchacho de alma libre, un poco travieso, que pasaba sus días jugando en las plazas y mercados. Su madre, una mujer trabajadora y humilde, se preocupaba por el futuro de su hijo, pero Aladino siempre decía que el destino le tenía preparada una gran sorpresa.

Un día, mientras Aladino caminaba cerca de las murallas de la ciudad, se le acercó un hombre de aspecto extranjero, con una túnica oscura y ojos que parecían fuego. El hombre afirmó ser el hermano de su difunto padre y, con promesas de riqueza, convenció al joven de acompañarlo a las montañas. Lo que Aladino no sabía era que aquel hombre era un poderoso mago africano que necesitaba a un joven de corazón puro para entrar en un lugar prohibido.

La Cueva de las Maravillas

Caminaron durante horas hasta llegar a un valle desolado. Allí, el mago encendió una fogata, arrojó unos polvos mágicos y pronunció palabras en una lengua olvidada. De repente, la tierra se sacudió y apareció una losa de piedra con un anillo de hierro.

— Abajo hay un tesoro que ningún rey ha visto jamás —dijo el mago—. Bajá con cuidado. Pasarás por salas llenas de oro y joyas, pero no toques nada. Al final, en un nicho, encontrarás una vieja lámpara de aceite. Traémela y serás el hombre más rico del mundo.

Aladino bajó con el corazón latiendo a mil. Cruzó jardines subterráneos donde los árboles daban frutos de diamantes, rubíes y esmeraldas que brillaban en la oscuridad. Al final de la última sala, vio la lámpara: estaba vieja, sucia y parecía no valer nada. Aladino la tomó y regresó hacia la salida.

Pero el mago, impaciente y malvado, le exigió la lámpara antes de ayudarlo a subir. Aladino, desconfiado por el tono del hombre, se negó. Enfurecido, el mago golpeó la tierra, la losa se cerró y el joven quedó atrapado en la oscuridad total.

El primer encuentro con el Genio

Solo y asustado en el silencio de la cueva, Aladino se sentó a llorar. Sin querer, mientras sostenía la lámpara, frotó su superficie para quitarle el polvo. Al instante, una luz cegadora inundó la cueva y de la pequeña boquilla salió una columna de humo azul que tomó la forma de un Genio gigante, tan alto que su cabeza rozaba el techo de piedra.

— ¡Soy el Genio de la Lámpara! —tronó su voz, haciendo vibrar las paredes—. Soy tu esclavo y el de cualquiera que posea la lámpara. Pedime lo que quieras, que tus deseos son órdenes para mí.

Aladino, con un hilo de voz, pidió volver a su casa. En un parpadeo, se encontró en su pequeña habitación junto a su madre, que no podía creer lo que veía. Con la ayuda del Genio, la pobreza desapareció de su hogar, pero Aladino mantuvo el secreto de la lámpara, usándola solo para lo necesario y siempre con humildad.

El amor por la Princesa Jazmín

Pasaron los años y Aladino se convirtió en un joven apuesto y generoso. Un día, vio pasar a la hija del Sultán, la hermosa Princesa Jazmín, y quedó perdidamente enamorado. Pero el Sultán solo permitiría que su hija se casara con un príncipe de inmensa riqueza.

Aladino llamó al Genio. En una sola noche, el Genio transformó a Aladino en un príncipe deslumbrante, con una comitiva de esclavos cargando cofres de oro y un palacio de mármol construido frente al del Sultán. El Sultán, impresionado por el lujo y, sobre todo, por la bondad del joven, aceptó el matrimonio. Aladino y Jazmín fueron inmensamente felices, compartiendo su riqueza con los más necesitados de la ciudad.

El regreso del Mago

Pero el malvado mago no había olvidado la lámpara. Se enteró de que Aladino vivía como un príncipe y regresó a la ciudad disfrazado de mercader. Aprovechando que Aladino estaba de caza, el mago pasó por el palacio gritando: "¡Cambio lámparas viejas por nuevas!". La princesa, sin conocer el secreto, entregó la vieja lámpara de Aladino a cambio de una brillante y reluciente.

Apenas tuvo la lámpara en sus manos, el mago le ordenó al Genio que trasladara el palacio de Aladino y a la princesa Jazmín a lo más profundo del desierto africano. Cuando Aladino regresó y vio el espacio vacío donde antes estaba su hogar, sintió que el mundo se le venía abajo. El Sultán, furioso, le dio cuarenta días para encontrar a su hija o perdería la vida.

La batalla final y la justicia

Aladino recorrió leguas y leguas. Recordó que el mago le había dado un anillo mágico antes de entrar en la cueva, el cual aún conservaba. Al frotarlo, apareció un genio menor, menos poderoso que el de la lámpara, pero suficiente para llevarlo hasta su palacio en el desierto.

Allí, Aladino se reencontró con Jazmín y juntos idearon un plan. Durante una cena con el mago, la princesa puso un somnífero en su bebida. Apenas el mago quedó profundamente dormido, Aladino recuperó la lámpara de entre sus ropas. Frotó el metal y el Genio apareció con una sonrisa de alivio al ver de nuevo a su verdadero amo.

— ¡Genio! —ordenó Aladino—. Llevá este palacio de vuelta a nuestra ciudad y poné a este mago donde nunca pueda volver a hacernos daño.

En un instante, el palacio regresó a su lugar original. El Sultán abrazó a su hija y pidió perdón a Aladino. El joven, agradecido, decidió que ya no necesitaba más deseos. Guardó la lámpara en un lugar seguro y vivió el resto de sus días junto a Jazmín, gobernando con sabiduría y asegurándose de que en su reino nadie volviera a pasar hambre ni injusticias.

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