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Cenicienta
4-6 años

Cenicienta

por Los Hermanos Grimm

Había una vez una joven muy bella y de buen corazón que vivía en una casa elegante. Tras la muerte de su padre, su vida cambió por completo. Su madrastra, una mujer fría y orgullosa, junto con sus dos hijas, se apoderaron de la casa. Por envidia de su belleza y dulzura, la obligaron a hacer todas las tareas pesadas: limpiar las cenizas de la chimenea, fregar los pisos y cocinar de sol a sol.

Como siempre estaba manchada de polvo y ceniza, sus hermanastras se burlaban de ella llamándola Cenicienta. Pero ella, a pesar del cansancio y los malos tratos, nunca perdía la sonrisa ni la bondad, y encontraba consuelo charlando con los pajaritos y los ratones que vivían en el ático.

La invitación al gran baile

Un día, llegó una noticia que revolucionó a todo el reino. El Rey iba a dar un baile de gala de tres días para que su hijo, el Príncipe, pudiera elegir a su futura esposa. Todas las jóvenes del reino fueron invitadas.

Las hermanastras pasaron días probándose vestidos caros y dando órdenes a Cenicienta: "¡Planchame los encajes!", "¡Limpiame las hebillas!". Cenicienta también quería ir, pero su madrastra le dio una lista imposible de tareas y le dijo que, como no tenía un vestido digno, solo pasaría vergüenza. El día del baile, Cenicienta vio alejarse el carruaje con su familia mientras ella se quedaba sola y desconsolada en la cocina.

El Hada Madrina y la magia

— No llores, pequeña —dijo una voz suave de repente.

Frente a Cenicienta apareció una anciana de mirada dulce y una varita que brillaba con luz propia: era su Hada Madrina. Con un toque de su varita, transformó una calabaza del jardín en una carroza de oro, a seis ratones en caballos blancos y a un lagarto en un elegante lacayo.

Por último, tocó los harapos de Cenicienta. Al instante, se convirtieron en el vestido más hermoso que jamás se hubiera visto, de seda pura y adornado con diamantes. En sus pies, aparecieron unos delicados zapatitos de cristal.

— Pero recordá una cosa —advirtió el Hada—. El hechizo se romperá a la medianoche. En ese momento, todo volverá a ser como antes.

El encuentro con el Príncipe

Cuando Cenicienta entró al salón, el baile se detuvo. Nadie la reconoció, ni siquiera su madrastra. El Príncipe, deslumbrado, no quiso bailar con ninguna otra joven en toda la noche. Cenicienta estaba tan feliz que casi olvida la advertencia del Hada. De repente, el reloj de la torre empezó a sonar: ¡DONG! ¡DONG!.

Eran las doce menos cinco. Cenicienta salió corriendo del palacio, bajando las escaleras de mármol a toda velocidad. En su apuro, uno de sus zapatitos de cristal se salió y quedó tirado en un escalón. Justo cuando llegó a su casa, el carruaje volvió a ser calabaza y ella volvió a vestir sus ropas viejas.

La búsqueda por el reino

El Príncipe, que se había enamorado de verdad, recogió el zapatito y juró que se casaría con la joven cuyo pie encajara perfectamente en él. Los guardias recorrieron cada casa del reino. Las hermanastras intentaron de todo para que el zapato les entrara, pero era inútil.

Cuando llegaron a la casa de Cenicienta, la madrastra intentó esconderla, pero el guardia insistió en que todas las jóvenes debían probarlo. Cenicienta se sentó, se puso el zapato y... ¡encajó perfectamente!. De su bolsillo, sacó el otro par para que no quedaran dudas.

El Príncipe la llevó al palacio, donde se casaron en una fiesta que duró días. Cenicienta, demostrando una vez más su gran corazón, perdonó a sus hermanastras y las invitó a vivir en la corte. Así, la joven que dormía entre cenizas se convirtió en una gran reina, recordándonos que la verdadera belleza y la bondad siempre encuentran su recompensa.

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