Era un verano espléndido en el campo. Los trigales estaban dorados, la avena verde y las cigarras no paraban de cantar. Cerca de un viejo caserón, rodeada de hojas de barda gigantes, una mamá pata estaba empollando sus huevos. Hacía tiempo que esperaba, y por fin, uno tras otro, los cascarones empezaron a romperse. "¡Cuac, cuac!", decían los patitos mientras asomaban sus cabezas amarillas.
Pero había un huevo, el más grande de todos, que no se rompía. La mamá pata, aunque estaba cansada, siguió dándole calor. Finalmente, el cascarón crujió y de él salió un pajarito grande, gris y bastante desproporcionado. No se parecía en nada a sus hermanos. "¡Qué pato tan raro!", decían los otros animales de la granja. "Es demasiado grande, es... feo".
El rechazo en la granja
Al día siguiente, la mamá pata llevó a toda su prole al estanque. Para su sorpresa, el patito gris nadaba de maravilla, incluso mejor que los demás. Pero eso no fue suficiente para que los demás lo aceptaran. En el corral, los pavos lo picoteaban, las gallinas lo empujaban y hasta sus propios hermanos se burlaban de él.
El pobre patito se sentía muy solo. "Es porque soy feo", pensaba con una tristeza profunda. Un día, no aguantó más el maltrato y saltó la cerca de la granja. Corrió y corrió hasta llegar a un gran pantano donde vivían los patos silvestres. Allí pasó la noche, escondido entre las cañas, asustado y con el corazón roto.
Un invierno difícil
Pasaron los meses y el otoño tiñó los árboles de amarillo y naranja. El patito seguía escapando, de lugar en lugar. Una tarde, vio pasar por el cielo una bandada de aves magníficas: eran blancas como la nieve, con cuellos largos y elegantes. Eran cisnes que volaban hacia tierras más cálidas. El patito sintió una emoción que no podía explicar; deseaba con toda su alma ser como ellos.
Pero pronto llegó el invierno. El frío era insoportable y el agua del estanque donde vivía se empezó a congelar. Una noche, el hielo atrapó sus patas y el patito se quedó sin fuerzas. Por suerte, un campesino que pasaba por ahí lo rescató y lo llevó a su casa. Sin embargo, los hijos del hombre querían jugar con él de forma tan brusca que el patito, asustado, escapó de nuevo hacia la nieve, pasando el resto del invierno refugiado en una cueva, apenas sobreviviendo.
El despertar de la primavera
Finalmente, el sol volvió a calentar la tierra. Las plantas brotaron y los pájaros volvieron a cantar. El patito, que ahora era mucho más grande y fuerte, batió sus alas y, para su sorpresa, se elevó en el aire con una facilidad asombrosa. Voló hasta un jardín hermoso donde había un estanque de aguas cristalinas.
Allí vio a tres de esos maravillosos cisnes blancos que tanto admiraba. "Seguro que si me acerco, me van a picotear por ser tan feo", pensó. Pero estaba tan cansado de estar solo que decidió acercarse de todos modos. "¡Mátenme si quieren!", dijo mientras bajaba la cabeza hacia el agua, esperando lo peor.
Pero, ¿qué fue lo que vio reflejado en el espejo del agua? Ya no era un pájaro gris, gordo y desproporcionado. Lo que veía era un cisne blanco y majestuoso. Los otros cisnes se acercaron a él y lo acariciaron con sus picos en señal de bienvenida. Unos nenes que jugaban cerca gritaron felices: "¡Miren! ¡Hay un cisne nuevo! ¡Es el más lindo de todos!".
El patito, que ahora sabía quién era realmente, no sintió orgullo, sino una paz inmensa. Jamás había soñado con tanta felicidad cuando era solo un patito feo. Abrió sus alas blancas, levantó su cuello elegante y nadó hacia su nuevo hogar, sabiendo que finalmente había encontrado su lugar en el mundo.
