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Hansel y Gretel

Hansel y Gretel

por los Hermanos Grimm

Había una vez un humilde leñador que vivía con su mujer y sus dos hijos, Hansel y Gretel, en una pequeña choza junto a un bosque inmenso. La familia era muy pobre y apenas tenían para comer. Un año de mucha escasez, la comida se terminó y los padres, desesperados, no sabían cómo iban a sobrevivir.

Una noche, Hansel escuchó a sus padres hablar en la cocina. Como era un nene muy despierto, se dio cuenta de que planeaban llevarlos a lo más profundo del bosque para que buscaran su propio camino. Hansel, para proteger a su hermana, salió en silencio al jardín y juntó un montón de piedritas blancas que brillaban bajo la luz de la luna.

A la mañana siguiente, cuando la familia se internó en el bosque, Hansel fue soltando las piedritas una a una por el sendero. Cuando los padres los dejaron solos para ir a buscar leña, los nenes esperaron a que saliera la luna. Gracias al brillo de las piedras, pudieron encontrar el camino de regreso a casa sanos y salvos.

El rastro de migas

Pasó el tiempo y la situación volvió a ser crítica. Los padres decidieron intentarlo de nuevo, pero esta vez cerraron la puerta con llave y Hansel no pudo juntar piedras. Lo único que tenía era un pedacito de pan, así que fue dejando un rastro de migas de pan mientras caminaban.

Sin embargo, cuando quisieron volver, se encontraron con una sorpresa triste: los pájaros del bosque se habían comido todas las migas. Los hermanos estaban perdidos. Caminaron durante tres días, cansados y con mucha hambre, hasta que de repente vieron algo increíble en un claro del bosque.

La casita de dulces

Frente a ellos había una casita maravillosa: ¡estaba hecha de pan, el techo era de chocolate y las ventanas de caramelo transparente! Los nenes, que no daban más del hambre, empezaron a comerse pedacitos de la pared y de las ventanas.

De repente, la puerta se abrió y asomó una mujer muy anciana que caminaba con un bastón. "Pasen, nenes, no tengan miedo", les dijo con voz amable. Pero la mujer no era tan buena como parecía; era una bruja que construía casas de dulce para atraer a los nenes y atraparlos.

Al día siguiente, encerró a Hansel en una jaula para engordarlo y obligó a Gretel a trabajar en la cocina. La bruja, que no veía muy bien, cada mañana le pedía a Hansel que sacara un dedo para ver si ya estaba gordito. Pero el nene, que era muy pillo, le pasaba un huesito de pollo que había encontrado. La bruja se sorprendía: "¡Qué flaquito sigue este nene!", decía enojada.

El escape final

Pasaron las semanas y la bruja perdió la paciencia. Decidió que iba a cocinar a Hansel de todos modos. Le pidió a Gretel que se asomara al horno para ver si estaba caliente, pero la nena, dándose cuenta de la trampa, le dijo:

— No sé cómo se hace, ¿me mostrás vos?

La bruja, refunfuñando, se asomó al horno y, en ese instante, Gretel le dio un empujón valiente y cerró la puerta. ¡Libres al fin! Los hermanos exploraron la casa y encontraron cofres llenos de perlas y piedras preciosas.

Llenaron sus bolsillos con el tesoro y caminaron por el bosque hasta que encontraron un río conocido. Al cruzarlo, vieron a lo lejos su vieja choza. Su padre, que se había arrepentido cada día de haberlos dejado, los recibió con lágrimas en los ojos. Gracias al tesoro de la bruja, la familia nunca más volvió a pasar hambre y vivieron felices por siempre.

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