Había una vez, en un descampado cerca de las sierras, una Liebre que era una canchera total. Se la pasaba todo el día presumiendo de sus zapatillas de marca y de lo rápido que corría. "Soy un misil, no me agarra ni el viento", decía mientras les pasaba por al lado a los demás animales, dejándolos llenos de tierra.
En el mismo barrio vivía una Tortuga, que era la paciencia hecha bicho. La tipa iba tranquila, un paso después del otro, disfrutando el paisaje. Un día, la Liebre, que estaba de un humor bastante pesado, se puso a cargarla:
— ¡Che, Doña Tortuga! ¿A dónde va con tanta prisa? Si sigue a ese ritmo, capaz que llega a la esquina para el mundial que viene.
La Tortuga se frenó, la miró fijo y, con una voz re tranquila, le tiró:
— Mirá, seré lenta, pero te apuesto lo que quieras a que te gano una carrera de acá hasta el ombú que está en la otra punta del campo.
La Liebre se descostilló de la risa. "¡Es un chiste! ¡Me hacés reír las orejas!", gritaba. Pero aceptó el desafío porque quería dejarla en ridículo frente a todos.
Se larga la carrera
Pusieron al Zorro de juez (que es medio chanta, pero sabe de estas cosas) y armaron la línea de largada. Apenas bajaron la bandera, la Liebre salió como un tiro, dejando una nube de polvo que hizo estornudar a medio bosque. En dos minutos, ya le sacaba como tres kilómetros de ventaja a la Tortuga.
La Tortuga, ni se inmutó. Empezó su caminata: tac, tac, tac. Despacito, pero sin frenarse a charlar con nadie.
La sobrada de la Liebre
Cuando la Liebre vio que ya estaba cerca de la llegada y que la Tortuga todavía no había pasado ni la primera tranquera, se confió de más. "Esta carrera es un afano", pensó. "Me sobra tanto tiempo que me voy a echar un sueñito acá abajo de este sauce, total la vieja esta no llega más".
Se tiró en el pastito fresco, se puso la gorra sobre los ojos y se quedó frita. Roncaba tanto que los pájaros se tuvieron que ir a otro árbol.
El final: No te duermas en los laureles
Mientras tanto, la Tortuga seguía. Pasó al lado de la Liebre que roncaba como un motor viejo, pero ni la miró. Siguió con su paso firme, bajo el sol, sin quejarse de que le dolían las patas.
De repente, la Liebre se despertó de un salto porque un bicho le caminó por la nariz. Miró para atrás: nada. Miró para adelante y... ¡Casi le da un bobazo! La Tortuga estaba a dos centímetros de la línea de llegada.
La Liebre salió disparada, quemando caucho, pero ya era tarde. La Tortuga estiró el cuello, cruzó la meta y todos los animales empezaron a aplaudir y a tocar bocina. La Liebre llegó muerta, sacando la lengua, y no podía creer que le había ganado alguien que iba a dos por hora.
Moraleja: No sirve de nada ser un fenómeno si sos un soberbio y te confías. Más vale ir despacio y con constancia, que salir como un loco y quedarte a mitad de camino.
