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Los Guardianes del Arcoíris Escondido

Los Guardianes del Arcoíris Escondido

por Antenas de Grillo

Había una vez un nene llamado Bauti, que vivía en una casa con un jardín lleno de flores de todos los colores. Bauti era un nene muy observador; le gustaba cerrar los ojos y sentir el viento en la cara, o apoyar las manos en el pasto para sentir el fresquito de la tierra.

Un día, mientras descansaba bajo la sombra de un ombú gigante, sintió un cosquilleo en la punta de los pies. Al abrir los ojos, vio que del tronco del árbol salía una escalera de caracol que subía hasta las nubes. Sin dudarlo, empezó a subir, y con cada escalón, el aire se sentía más liviano y lleno de música.

Al llegar a lo más alto, no encontró nubes, sino un palacio de cristal donde vivían los Guardianes de la Luz.

El Guardián de la Tierra y el Fuego de la Alegría

El primero en recibirlo fue Roco, un gigante de piedra con una túnica de color rojo rubí. Roco vivía en la base de una montaña y su voz sonaba como un tambor profundo.

— Yo cuido tu raíz, Bauti —le dijo con una sonrisa—. Soy la fuerza que te mantiene firme cuando caminás y el que te dice que siempre estás seguro. Cuando sientas que el mundo se mueve mucho, respirá profundo y sentí mi color rojo en tus pies.

Bauti siguió caminando y se encontró con Nara, una duendecilla de color naranja brillante que jugaba con burbujas de jabón cerca de una fuente.

— ¡Hola! Yo soy la guardiana de tu alegría y tus juegos —exclamó Nara mientras saltaba—. Conmigo aprendés a crear dibujos, a inventar historias y a disfrutar de cada cosa rica que comés. ¡La vida es para jugar!

El Sol de la Panza y el Bosque del Cariño

En el centro del palacio, Bauti vio a un pequeño ser que brillaba como una estrella: se llamaba Ami, y era de un color amarillo sol.

— Yo vivo justo en tu panza —le explicó Ami—. Soy tu motor, el que te da las ganas de aprender cosas nuevas y el que te hace sentir valiente cuando tenés un desafío. ¡Sos capaz de todo lo que te propongas!

Después, Ami lo llevó hasta un bosque donde las hojas de los árboles eran de un verde esmeralda precioso. Allí descansaba Veri, una criatura de alas suaves que hablaba con los pájaros.

— Aquí guardamos el amor —susurró Veri mientras le daba un abrazo—. El amor por mamá, por papá, por tus amigos y, lo más importante, el amor por vos mismo. Si este bosque está sano, tu corazón siempre va a estar en paz.

La Palabra Dulce y el Ojo de los Sueños

Bauti continuó su viaje y llegó a una orilla donde el mar era de un color azul turquesa cristalino. Allí conoció a Cielo, que cantaba una melodía que calmaba el alma.

— Yo te ayudo a decir lo que pensás con palabras lindas —le contó Cielo—. A contar la verdad y a escuchar a los demás con el corazón. Las palabras son puentes, Bauti, usalas con cariño.

Subiendo un poco más, en una torre de cristal, estaba Indi, un personaje de color azul profundo, como el cielo cuando ya se ven las primeras estrellas.

— Yo soy tu visión interna —le dijo Indi, señalando el espacio entre sus cejas—. Te ayudo a imaginar mundos que todavía no existen y a darte cuenta de las cosas antes de que pasen. ¡Conmigo podés soñar despierto!

La Corona de Luz

Finalmente, en la cúpula más alta del palacio, Bauti se encontró con una luz violeta y blanca tan pura que parecía un diamante. No había nadie allí, solo una sensación de paz inmensa. Una voz suave le susurró al oído:

— Esta es tu conexión con todo el Universo. Te recuerda que nunca estás solo y que todos los seres vivos estamos unidos por un hilo invisible de luz.

El secreto de Bauti

Bauti bajó la escalera de caracol y volvió a su jardín. Se tocó el corazón, la panza y la frente, y se dio cuenta de que Roco, Nara, Ami, Veri, Cielo e Indi se habían mudado adentro de él.

Ahora sabía que, si se sentía triste, podía llamar a Nara para recuperar la alegría; o si tenía miedo, podía pedirle fuerza a Roco. Bauti comprendió que todos tenemos un arcoíris escondido en el cuerpo, y que solo hace falta cerrar los ojos y respirar profundo para que todas nuestras luces brillen con fuerza.

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