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Los Tres Chanchitos
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Los Tres Chanchitos

por Joseph Jacobs (1890)

Había una vez tres chanchitos que ya estaban grandecitos para seguir viviendo con la madre, así que un día ella les dijo: "Muchachos, es hora de que cada uno haga su camino y se arme su propio rancho". Los tres saludaron y se mandaron a mudar al bosque. El primero: El Rey de la Siesta El chanchito más chico era un vago bárbaro. Lo único que quería era terminar rápido para tirarse a dormir una siesta abajo de un árbol. Entonces, vio un camión que pasaba cargado de paja y dijo: "Ya fue, me la armo con esto". En un par de horas levantó cuatro paredes locas y un techo de paja. Se metió adentro, se prendió el ventilador y se quedó frito. No se dio cuenta de que la casa era más floja que estante de cartón. El segundo: El que hace todo "así nomás" El chanchito del medio tenía un poquito más de ganas, pero tampoco se quería romper el lomo. "Yo la voy a hacer de madera", dijo, "así queda firme pero no me paso todo el día laburando". Juntó unas cuantas ramas y unos tablones viejos, clavó un par de maderas por acá y por allá, y listo. La casa quedó medio chueca, pero él estaba chocho porque así tenía tiempo para irse a jugar a la pelota con el hermano menor. El tercero: El que se puso la diez El hermano mayor era harina de otro costal. Era re precavido y sabía que en el bosque andaba un lobo con un hambre de locos. "Ni loco hago algo flojito", pensó. Se compró una buena cantidad de ladrillos, cemento y arena. Se pasó días enteros paleando, levantando paredes niveladas y haciendo una chimenea de piedra. Los hermanos menores pasaban y le gritaban: "¡Dale, che, vení a jugar! ¿Para qué laburás tanto?". Pero él ni bola: "Ríanse ahora, pero cuando venga el lobo vamos a ver quién se ríe último". Aparece el Lobo Una tarde, de atrás de unos arbustos, asomó el Lobo Feroz. Tenía los ojos rojos y le crujía la panza. Fue derecho a la casita de paja. — ¡Chanchito, abrime la puerta o te soplo todo! —gritó el lobo. — ¡Ni en pedo! —contestó el chiquito desde adentro. Entonces el lobo llenó los pulmones de aire y sopló con una fuerza impresionante. La paja voló por los aires como si fuera confeti. El chanchito, muerto de miedo, salió disparado hacia la casa de madera de su hermano. Llegó transpirando y se encerraron. Pero el lobo no era ningún tonto. Llegó a la casita de madera y gritó: — ¡Abran ahora mismo o les bajo el rancho de un soplido! Los dos hermanos temblaban como una gelatina. El lobo tomó aire otra vez, infló los cachetes como dos globos y... ¡PUM! Las maderas volaron para cualquier lado y los clavos salieron disparados. El final: El aguante del ladrillo Los dos chanchitos corrieron como si estuvieran en las olimpíadas hasta la casa de ladrillo. El hermano mayor los hizo pasar, cerró la puerta con doble llave y puso la traba. "Tranquilos", les dijo, "acá estamos seguros". El lobo llegó y, al ver que la casa era de piedra y ladrillo, se puso loco. Sopló una vez, y nada. Sopló dos veces, y la casa ni vibraba. Sopló hasta que se puso azul del esfuerzo, pero la pared estaba firme como una roca. — "Ah, ¿te hacés el vivo?", pensó el lobo. "Me voy a meter por la chimenea". Lo que no sabía el lobo es que los tres chanchitos, que lo estaban escuchando trepar por el techo, habían puesto una olla gigante de agua hirviendo justo abajo, en el hogar. El lobo se deslizó por el conducto, canchero, pensando que se iba a pegar un banquete. Pero cuando llegó abajo... ¡ZAS! Se cayó de cola adentro de la olla. El grito del lobo se escuchó hasta en la ciudad. Salió eyectado por la chimenea como un misil, con la cola al rojo vivo, y se perdió en el horizonte para no volver nunca más. Los dos hermanos menores aprendieron la lección: el que quiere celeste, que le cueste. Agradecieron al mayor, se mudaron con él y, desde ese día, cada vez que hacían un laburo, lo hacían a conciencia.
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