Había una vez, en una pequeña cabaña al borde de un bosque inmenso, un matrimonio de campesinos que eran muy trabajadores pero muy pobres. Su mayor deseo era tener un hijo, aunque fuera tan chiquito como un dedo pulgar. Un día, su deseo se cumplió y nació un niño sano y fuerte, pero que no crecía más que unos pocos centímetros. Lo llamaron Pulgarcito.
A pesar de su tamaño, Pulgarcito era el más despierto y valiente de sus siete hermanos. Mientras los otros jugaban, él observaba cómo su padre afilaba el hacha o cómo su madre amasaba el poco pan que quedaba. Su inteligencia era su mayor herramienta, y pronto tendría que usarla para salvar a su familia.
El rastro en el bosque oscuro
Llegó un año de mucha escasez. No llovía, las cosechas se secaron y el hambre empezó a golpear la puerta de la cabaña. Una noche, Pulgarcito escuchó a sus padres llorando en la cocina; no tenían más comida y temían que sus hijos no sobrevivieran al invierno. Decidieron, con todo el dolor del mundo, llevarlos al bosque para que buscaran su propio destino.
Pulgarcito, que era muy pillo, se levantó en silencio y llenó sus bolsillos con piedritas blancas del camino. Al día siguiente, mientras caminaban entre los árboles gigantescos que a él le parecían rascacielos, fue soltando las piedras una a una. Cuando los padres los dejaron solos, los hermanos mayores empezaron a llorar, pero Pulgarcito les dijo:
— No tengan miedo, esperen a que salga la luna.
Cuando la luna brilló, las piedritas blancas resplandecieron como estrellas en el suelo. Siguiendo el rastro, los siete hermanos volvieron a casa. Los padres, arrepentidos, los recibieron con abrazos, pero la alegría duró poco porque la comida se volvió a terminar.
El error de las migas de pan
La segunda vez que los llevaron al bosque, la madre cerró la puerta con llave y Pulgarcito no pudo juntar piedras. Lo único que tenía era un pedacito de pan duro, así que fue dejando un rastro de migas de pan mientras avanzaban. Pero, para su desgracia, los pájaros del bosque tenían tanta hambre como ellos y se comieron cada miguita.
Los hermanos estaban perdidos en medio de la neblina. Caminaron y caminaron hasta que vieron una luz a lo lejos. Era una casa enorme, con puertas tan altas que Pulgarcito tenía que estirar el cuello para ver el picaporte. Golpearon la puerta y una mujer los dejó pasar, advirtiéndoles:
— ¡Corran, nenes! Mi marido es un Ogro que se come a los niños.
El Ogro y las Botas de Siete Leguas
El Ogro llegó haciendo temblar el piso con cada paso. Pulgarcito y sus hermanos se escondieron debajo de una cama gigante. El Ogro cenó y se quedó dormido en un sillón, roncando como si hubiera una tormenta dentro de la casa. Cerca de él, estaban sus tesoros más preciados: las Botas de Siete Leguas, unas botas mágicas que permitían a quien las usara recorrer distancias enormes de un solo paso.
Con mucho cuidado, Pulgarcito se acercó al Ogro. Le sacó las botas mágicas (que tenían el poder de achicarse para adaptarse al pie de quien las usara) y se las puso. En un abrir y cerrar de ojos, despertó a sus hermanos y salieron de la casa.
El Ogro, al despertar y ver que los nenes no estaban, se puso otras botas y salió a perseguirlos, pero Pulgarcito era más rápido. Con las botas mágicas, Pulgarcito corrió hasta el palacio del Rey, que estaba a cientos de kilómetros de distancia.
Un héroe con grandes noticias
En el palacio, el Rey estaba desesperado porque su ejército estaba lejos y necesitaba enviar un mensaje urgente. Pulgarcito se presentó ante él:
— Majestad, yo puedo entregar ese mensaje en un segundo.
Gracias a las Botas de Siete Leguas, Pulgarcito cruzó montañas, ríos y desiertos en un suspiro. Entregó el mensaje y volvió al palacio antes de que el Rey terminara de almorzar. El monarca, impresionado por la velocidad y la valentía del pequeño, lo nombró Mensajero Real y lo recompensó con bolsas llenas de monedas de oro.
Pulgarcito volvió a la cabaña de sus padres, ya no como un niño perdido, sino como un héroe. Con el oro del Rey, compraron tierras y comida para todo el pueblo. Pulgarcito demostró que ser pequeño no impide hacer cosas grandes, y que con inteligencia y unas buenas botas, no hay bosque ni ogro que pueda detener a un corazón valiente.


