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Tuna, la Pequeña Valiente

Tuna, la Pequeña Valiente

por Antenas de Grillo

Hace algún tiempo, en un rincón tranquilo de la ciudad, vivía una gatita muy especial llamada Tuna. Tuna era muy chiquita, pero ya tenía un tiempo de vida cuando se encontró sola en una callecita. Tenía un pelaje de color negro intenso y largo, que brillaba bajo el sol como la seda. Sus ojos eran de un verde esmeralda precioso, que parecía que guardaban todos los misterios del mundo.

Tuna no recordaba mucho de antes, solo que le gustaba explorar y que un día se dio cuenta de que estaba perdida. Pero Tuna era una gatita muy valiente y muy curiosa. A pesar de que la calle era grande, ella se divertía jugando con las hojas secas que llevaba el viento, haciéndolas girar con sus patitas delanteras como si fueran bailarinas en un escenario de piedra.

La aventura de la ventana y los bichos

Un día, mientras Tuna exploraba cerca de una casa elegante, vio algo que la dejó fascinado. Detrás de una ventana, un bicho chiquito y brillante estaba atrapado contra el vidrio. Tuna, que era una experta cazadora, se acercó con sigilo. Desde afuera, empezó a saltar y a golpear suavemente el vidrio con sus patitas, tratando de atrapar al intruso.

La ventana estaba cerrada, así que Tuna no podía entrar, pero el bicho parecía divertirse con sus saltos. Tuna pasaba horas allí, observando cada movimiento, imaginando que estaba en una gran cacería en medio de un bosque de cristal. Sus ojos verdes brillaban con emoción con cada bicho nuevo que aparecía, convirtiendo la ventana en su propio teatro de aventuras.

Los tesoros de papel y las pelotitas

Cuando se cansaba de los bichos, Tuna se ponía a buscar tesoros. Le encantaba encontrarse con papeles arrugados que la gente tiraba. Con un toque de sus patitas, el papel se convertía en una pelota de nieve mágica que ella hacía rodar por toda la vereda. A veces, encontraba una pelotita de goma olvidada, y la hacía rebotar con tanta energía que parecía que ella misma estaba volando.

Tuna era feliz con sus pequeños tesoros, pero a veces, cuando la noche se ponía fría, sentía que le faltaba algo. Le faltaba un lugar calentito donde dormir y, sobre todo, le faltaba alguien con quien compartir sus aventuras.

El olor a pollo y el dulce del melón

Un día de lluvia, Tuna caminaba triste cuando un olor maravilloso la hizo detenerse. Era un olor cálido y delicioso... ¡era olor a pollo! Tuna siguió el olor hasta llegar a una casa que tenía una ventana entreabierta. Allí conoció a una familia que, al verla tiritando de frío, la dejó entrar.

La familia le dio un plato de comida deliciosa. Tuna se sintió en el cielo. Pero la mayor sorpresa llegó después. La familia estaba comiendo una fruta que ella nunca había visto: era de color naranja y muy jugosa. ¡Era melón! Tuna, que era muy curiosa, probó un pedacito. ¡Le encantó! Se comió todo el melón que le dieron, y aunque terminó toda pegajosa de la cabeza a las patas, nunca se había sentido tan feliz.

Un nuevo hogar

La familia, al ver lo valiente y dulce que era Tuna, decidió que no querían que volviera a la calle. Le hicieron una camita suave y calentita, y le dieron todos los juguetes que ella siempre había soñado: pelotitas de colores, ratones de tela y, por supuesto, muchos papeles arrugados.

Tuna, la pequeña de ojos verdes, había encontrado su lugar en el mundo. Ya no tenía que buscar bichos a través del vidrio; ahora podía dormir tranquila, sabiendo que siempre tendría su plato de pollo y su postre de melón, y que nunca más volvería a estar sola. Demostró a todos que, por más chiquito que seas, con valentía y un poco de curiosidad, siempre podés encontrar el hogar perfecto.

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